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El valor estructurante del trabajo
por Mónica Markwald (agosto 2001)
Si bien los datos aportados por la encuesta hacen referencia a distintas dificultades por las que ha atravesado la población en los últimos tiempos, varias están ligadas o son consecuencias de los cambios en la situación laboral.
Sin embargo, cuando se analizan datos de desocupación, sub-ocupación, precariedad laboral o devaluación de capacidades aplicadas al trabajo generalmente se pone el énfasis en las consecuencias económicas menor poder de consumo de bienes y servicios-, o en sus consecuencias sociales: incremento de la marginalidad, la delincuencia, la violencia, etc. Otras, menos mencionadas, se detienen en los efectos psicológicos, en especial la autoestima.
Sería oportuno incluir como complemento de estas miradas un enfoque que ponga el acento en el valor estructurante del trabajo en el sostén de una identidad sociocultural.
En efecto, la cultura de una sociedad se basa, en buena medida, en la posibilidad de compartir códigos, de otorgarle significaciones similares a los hechos de la vida cotidiana y en este proceso, el trabajo tiene un rol destacado.
Pensemos en la percepción del tiempo, por ejemplo. La semana, para todos, tiene 7 días, todos de 24 horas, Pero también es cierto que además compartimos códigos verbales y gestuales que otorgan un valor simbólico diferente a los días “de semana” o “hábiles” respecto a los días del “fin de semana” o “no laborables”. Es más, nuestro sentido de pertenencia se refuerza cuando nos identificamos con las caras de “los lunes” y la cara de “los viernes”.
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